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De Alquimistas, Cruzados, Sociedades Secretas & Connoisseurs

Se dice que los primeros alquimistas, aquellos que perfeccionaron el arte de la destilación en la Edad Media, pasaron sus vidas tratando de capturar “espíritus vivientes”, o más aún, dar con el mágico elixir de la vida que haría inmortales a los hombres.

Esta técnica, ya conocida en China, Medio Oriente y Egipto, se mantenía oculta en libros de oscuro lenguaje. Es que desde sus comienzos, la práctica de la destilación sugiere la existencia de un elemento espiritual que ha hecho de la degustación de bebidas espirituosas una aventura fascinante y llena de secretos que develar.

Los árabes, al no poder beber por razones religiosas, usaban los destilados para la elaboración de medicinas, perfumes y saborizantes. Inclinados sobre sus alambiques en ebullición, notaron que ciertas sustancias producían vapores, y a menudo se referían a ellos llamándolos espíritus. Por varios cientos de años, guardarían muy bien este secreto, hasta que con la conquista de la península ibérica, la fabulosa técnica sería finalmente develada y el arte de la destilación alcanzaría occidente.

Durante la edad Media, los monjes se encargarían de perfeccionar el método, y serían justamente ellos quienes convencerían a los europeos de que en la práctica de la destilación estaba contenida la bendición de Dios, y que estos líquidos eran agua de vida y aseguraban una larga y saludable existencia.

El alquimista español Arnau de Vilanova lo describe: "Existe en la naturaleza cierta sustancia pura que, una vez descubierta y elevada a su perfección, convertirá en perfecto todo cuerpo imperfecto que toque. Algunos la llaman aqua vitae, agua de vida, y este nombre le conviene pues hace vivir más tiempo".

En el Siglo XIII, el químico y filósofo Raymond Lully escribía “el aqua vitae es una emanación de la divinidad, un elemento nuevo revelado al hombre que había estado oculto a una humanidad aún muy joven, que no necesitaba renovar sus energías”. Para entonces, la alquimia estaba en una etapa de florecimiento creativo, y su búsqueda central, la de un elemento “espiritual”, había asumido proporciones épicas. Esto se debió en parte a una pérdida irrecuperable. A principios del 1200, los soldados franceses ocuparon Constantinopla y depusieron al emperador. Allí, innumerables manuscritos antiguos, incluyendo un vasto legado de conocimientos alquímicos, se perdió. Fue quizás por esta razón que los alquimistas del siglo XIII tuvieron que confiar en sus propios experimentos, y el elixir de los árabes se transformó en una búsqueda de sabiduría trascendental.

Lejos de la historia oficial, la leyenda cuenta que esos manuscritos no se perdieron, sino que la iglesia los mantuvo ocultos durante años hasta que, cerca del año 1312, habrían llegado a manos del Papa Juan XXII, un aficionado a la alquimia. Al parecer, luego de experimentar en vano durante varios años, el Papa los habría vendido por una inexplicable fortuna en oro a una presunta logia formada por sobrevivientes de la orden de los Caballeros Templarios, quienes secretamente seguían buscando el Santo Grial o su contenido, el “elixir de la vida”.

Durante largos años los cuadernos serían atesorados por esta organización secreta vinculada al poder desde los tiempos de las Cruzadas, hasta que, poco antes de que las noticias del éxito de la llegada de Cristóbal Colón a las Indias se esparcieran por toda Europa, los valiosos escritos llegarían a manos de la ignota Sociedad Aitchess.

Aitchess Society

Aunque no se sabe con exactitud en que año fue formada, lo cierto es que la creación de esta nueva orden supuso un salto significativo en la elaboración de bebidas espirituosas.

Las escasas crónicas que existen cuentan que eran siete caballeros de indudable buen pasar -duques, condes, alquimistas y aventureros- que ya no buscaban, como sus antecesores, actuar como protectores de Jerusalén. En pleno momento expansivo y colonizador, aprovecharon sus vastos conocimientos y sus ansias de conocer el mundo para dar, finalmente, con el “elixir de la vida” del que tanto habían leído en los escritos árabes.

Fue así que, mientras la técnica de la destilación se extendía por el mundo, estos hombres se unieron detrás de un sueño común. Realizaron constantes incursiones en las zonas más recónditas del globo, recolectando nuevas materias primas, anécdotas y experiencias de las más diversas culturas, compartiendo recetas y técnicas hasta lograr los mejores resultados: incomparables elixires que no dudaban en consumir y compartir gustosos.

Tras la conquista de América, las bebidas espirituosas comenzaron a gozar de gran popularidad. Los viajantes llevaban consigo sus aqua vitaes para canjear por otros ingredientes y para que les hicieran compañía en esos viajes interminables hacia lo desconocido.

Con el tiempo, aquellas destilaciones dieron lugar a los distintos tipos de bebidas que hoy conocemos. El agua de vida sería akavit para escandinavos, vodka para rusos y polacos, brandy en Alemania, ginebra en los Países Bajos y así a lo largo y ancho del mundo.

Gracias a las rutas de comercio con el este y el Nuevo Mundo, los spirits de Europa llegaron a otras partes del mundo y nuevas materias primas fueron adoptadas dando como resultado distintas variedades. Fue así como en Escocia e Irlanda, el whisky obtuvo su distintivo sabor a partir de la cebada y en oriente el arroz fue destilado dando como origen el sake.  

La Aitchess Society dividió el mundo conocido en cuatro zonas principales, las cuales rastrilló sistemáticamente con alentadores resultados: Europa Central, la Europa alrededor del Mar Báltico, el Nuevo Mundo y finalmente, el Medio y Lejano Oriente que dieron en llamar Silk Road.

"There can be no doubt that language is a source of unending allure, hence the onus is very much upon us to unveil why the most enchanting spirits share the same word as our inner flame. Men have given their lives in that quest. Oh Lord, I will always love those fellows"

Ralphsan Chess

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